12 abril 2006
Prohibir el humor
 

Mi relación con la tele no llega siquiera a la estrictamente profesional y todavía no he visto el anuncio, pero las señas que me han dado de él no tienen pérdida. Al parecer, un hombre puede simultanear el recitado de la tabla del uno y la preparación del desayuno gracias al nuevo abrefácil del café Marcilla, y ello merece la felicitación de su mujer, que se congratula de que los chicos por fin podemos hacer dos cosas al msmo tiempo. Pues bien, resulta que varios organismos públicos, entre ellos el Institituto de la Mujer, dicen haber recibido quejas de ciudadanos por dicho spot por el menosprecio que hace de los hombres.

En el caso del Instituto de la Mujer, lo improcedente del destinatario de las protestas invita a pensar en un ajuste de cuentas con ese feminismo torpe tan dado a poner el grito en el cielo por cualquier anuncio que, a sus susceptibles ojos, reproduzca los tópicos machistas o encasille a la mujer en sus roles sociales o sexuales. Pero el que existan personas sinceramente ofendidas por el de Marcilla y convencidas de que tienen todo el derecho a quejarse por tal desdoro es un síntoma más de esa peligrosa tendencia a desautorizar el humor que vivimos en los últimos tiempos, amparada en la sacralización de valores como el respeto y la dignidad de la persona.

Quedan prohibidas las bromas machistas, las feministas y, por supuesto, las que ridiculizan a los homosexuales. Después de las viñetas de Mahoma, los católicos alegan que ellos tampoco tienen por qué soportar irreverencias. Y, naturalmente, no se puede ni pensar en chistes racistas o que se nutran de los defectos o las debilidades de las personas, porque ésta es la primera época de la Historia a cuyos pobladores las burlas se les vuelven traumas irreparables. Pues casi mejor que nos ahorremos circunloquios y prohibamos directamente el humor, porque éste siempre funciona de la misma manera.

Por mucho ultraje que sobreinterpretemos, los chistes, las chanzas e incluso los insultos no duelen. Duelen una patada en los huevos, un fracaso o la pérdida de un ser querido; lo demás se escucha y se difumina en el aire. Y el propio mecanismo del humor le obliga a basarse en los aspectos hilarantes de la realidad de hoy, lo cual incluye los tópicos y los estigmas. Su misión no es proponer valores o prototipos nuevos, sino jugar con los que ya existen, para socavarlos mediante la ironía o la reducción al absurdo o por el mero placer de la risa, que es uno de los escasos recursos con que contamos para arrancarle briznas de felicidad a la vida cotidiana. ¿Es esa extraordinaria posibilidad menos sagrada que el respeto o el honor del objeto del chiste? Ya dijo Nietzsche que él sólo creería en un dios que supiera bailar.

 

 

Referencias y contextualización

El suceso de las viñetas de Mahoma al que se alude consistió en que un periódico danés publicó una serie de caricaturas del profeta del islam que soliviantaron a comunidades musulmanas de todo el mundo y provocaron violentas manifestaciones más o menos instrumentalizadas por los clérigos radicales. Dado que el Gobierno de Zapatero trató de mostrar comprensión hacia los musulmanes, la derecha española sacó a colación otras manifestaciones ofensivas hacia el cristianismo que al presidente no le había parecido igual de oportuno censurar. Sobre este tema habla "Más allá del respeto y la libertad de expresión", publicado en Periodista Digital.

 

Artículo siguiente

Artículo anterior

Página principal